El ethos-global-planetario

EL UNIVERSAL

RICARDO GIL OTAIZA

29 de septiembre de 2016 05:01 AM

La noción de lo ético subyace en cada actuación del ser humano y de su relación con los otros. Nada escapa a su lupa escrutadora, que nos interpela, nos azuza a tomar partido por la vida, y nos impele a replantearnos nuestra actuación en el día a día. En lo particular, las primeras nociones de ética las recibí siendo muy niño, en casa de mi abuela, cuando ella, quien no era filósofa, sino un ama de casa que trajo al mundo a 12 seres humanos, insistía en una conseja que repetía como una retahíla transformada en cartilla escolar: “hay que vivir y dejar vivir”. Muchos años después aprendí, ya desde lo libresco, conceptos que de alguna manera ratificaron aquellas lecciones, hasta alcanzar una posición ante la vida y mi producción académica y literaria, cónsona con todo aquello que muchos califican como “el arte del vivir”. El teólogo alemán Hans Küng, célebre por sus posiciones anti jerarquía eclesiástica, y excompañero del hoy Papa Emérito Benedicto XVI, nos invita a todo lo largo de su extensa obra a distinguir entre dos vocablos aparentemente hermanos desde lo lingüístico como lo son la ética y el ethos, pero que como se verá tienen en este personaje sus propias distinciones. El primero se refiere a un “algo” sujeto, a un modo de actuar según criterios sustentados en valores. Para Küng la ética no es ya tan sólo mera doctrina (Aristóteles, Tomás de Aquino o Kant), o del supuesto comportamiento moral de las personas, sino un “ethos-global-planetario”, es decir, la interna actitud fundamental de una persona que se rige de acuerdo con determinadas normas y reglas cuyo criterio es la conciencia… Una actitud fundamental que en el fondo determina todo su comportamiento.

Por supuesto, la vida profesional, académica y científica no debería escapar a esta noción. El ejercicio científico, como toda actividad humana, está sujeto a una mirada escrutadora que lo impele al respeto por los otros, por su vida (la biodiversidad), por su espacio y por sus derechos. Falsear resultados, plagiar obras ajenas, enmascarar nuestra mediocridad con el traje de la excelencia de los otros, más que una burda estratagema signada por una supuesta viveza elemental, que satisface a algunos, es a las claras el más abyecto de todos los procederes, porque irrumpe en ese espacio íntimo, profundo, interior que hemos dado por llamar “conciencia”. Y ante ella nada escapa. Es el fiel de la balanza, es el juez que todo lo dirime, es el punto de lo ecléctico llevado a la más sublime expresión de la obra (de lo fáctico), pero sobre todo de lo espiritual hasta caer en el terreno de lo ontológico. Como seres ganados a lo eterno nos mecemos en la cuerda floja de la realidad-real y de la abstracción, del “ahora” y del más allá, de la realización material en el espacio de lo real y de la utopía. El engaño va contra toda noción de lo ético, hasta posicionarse en el terreno del crimen. Quien falsea resultados científicos (o de cualquier naturaleza), falsea consigo la propia realidad y atenta contra el Ser. Si la ciencia busca con afán perpetuar el “ahora” y sus indagaciones y resultados son asumidos por la comunidad global como “verdad” irrebatible, el engaño rompe de manera abrupta con esta asunción, para instalarse en el terreno de la incertidumbre y de la duda metódica. Quien falsea resultados científicos atenta contra la ciencia y su larga tradición epistémica, pero sobre todo lo hace (e incide) en el vórtice del bucle recursivo que según el pensamiento complejo trae consigo el que los productos sean a su vez productores de sus propios procesos, y así hasta el infinito, generando avance, progreso y esperanza en toda la humanidad.
@GilOtaiza
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