Solo el capitalismo salva

En los países desarrollados, los perros poseen un chip adherido a la piel que los identifica y contiene su historia de vida. Los humanos cargamos ese semiconductor en nuestros teléfonos inteligentes. Algunos advierten que en un futuro no muy lejano llevaremos también incrustada la lámina digital. Amazon ha anunciado que para su tienda de Seattle a inaugurar el año que viene “usará tecnología de inteligencia artificial para prescindir de cajas registradoras. Los clientes podrán escanear su teléfono en un kiosco al entrar al local y la empresa determinará automáticamente los artículos que tomen de los estantes”. Hemos conquistado un universo lleno de posibilidades y en concordancia con el espíritu de superación de la humanidad que plantean las sociedades democráticas y de libre mercado. Desciframos el mapa genético, llegamos hasta el punto mismo donde se acciona la creación y un robot enviado desde la Tierra corretea alegremente por Marte haciéndose selfies con el planeta rojo. Gracias a la realidad virtual, podemos colarnos en cualquier museo del mundo y visitar uno a uno sus cuadros como si estuviéramos frente a ellos al tiempo que los libros vuelan por los cielos del Wi-Fi y llegan puntualmente a la cita que acordamos con ellos. Atesoramos la plenitud del mundo y supongo que podemos decir que vivimos un momento estelar de la humanidad.

Si bien ha quedado demostrado que solo las sociedades democráticas y de libre mercado garantizan el pleno desarrollo de la personalidad humana, en el orbe siguen existiendo las inequidades, la violación de los derechos humanos, el autoritarismo y lo que Colette Capriles ha llamado la “progenie morganática de las nuevas tiranías”. Pero esos desbalances son hechura local, de creación artesanal y no manipulados desde afuera. La miseria germina con el estatismo. En el norte desarrollado la migración ilegal pone en jaque la prosperidad y homogeneidad cultural de sus sociedades, como consecuencia de un enfrentamiento civilizatorio entre la posmodernidad de las sociedades libres, liberadas del fetiche religioso y la antepremodernidad tribal de la sumisión religiosa.

Continúan ejerciendo los temerosos de la libertad y del mercado porque no saben competir, no están en capacidad de competir o piden protección. Hay quienes siguen gritando desde un micrófono obscenidades políticas y prometiendo el bien colectivo desde la estafa del socialismo. Algo no termina de ser comprendido: el bienestar de las sociedades sigue debiéndose a la democracia liberal y al capitalismo. El que no lo entienda o no lo quiera entender, que disfrute de su pobreza y exclusión.