Y los niños de último

  • ROSARIO ANZOLA

24 de noviembre de 2016 05:02 AM

EL UNIVERSAL

Es costumbre, asumida con resignación, que muchos eventos programados para niños -por ejemplo- para las once de la mañana comiencen, sin ninguna explicación, a la una de la tarde. Prevalece el concepto de que tratándose de “una cosa para infantes” no hay que esmerarse ni en calidad ni en esfuerzo.

Hace ya unos años me invitaron a participar en la Semana de Caracas. La persona que me contactó solicitó mis requerimientos técnicos. Le respondí que necesitaba una silla sin brazos y dos micrófonos. ¡Listo! -me indicó- La esperamos entonces tal día, en la Avenida Bolívar, a las once de la mañana.

Llegué media hora antes y ¡no lo podía creer! Había un gentío. Al final, una gran tarima me esperaba, con micrófonos, cornetas y música. Sobre el escenario, un grupo de jóvenes hacía aerobics dando instrucciones a un público que los seguía con entusiasmo. Me abrí paso con mi guitarra a cuestas y al llegar al pie de la tarima indagué, entre los que portaban el distintivo del evento, quién era el coordinador. Al rato apareció “alguien”. Me presenté y cándidamente pregunté a qué hora empezaba mi recital. La chica no tenía idea ni de hora, ni de recital, ni de nada; salió a averiguar y regresó como a los quince minutos. Señalando con su brazo, mano y dedo índice, me indicó:

-Me dicen que lo de los niños es en uno de los pasillos frente a aquél edificio.

Me devolví pues buscando el tal pasillo. Había llovido y el piso estaba sucio y encharcado. Ni silla, ni micrófonos. Tan solo un grupo de padres bregando para que sus hijos dejaran de saltar y chapotear deliciosamente en los charquitos. Me acomodé en el pretil de una jardinera sin jardín y fui llamando a los pequeñines. Algunos se fueron sentando en los pocos espacios secos del suelo, los más atrevidos (empapados de jugar con el agua) se sentaron en el piso mojado. Comenzamos a cantar y se dio comienzo a la alegría. Poco a poco fue llegando más público, atraído seguramente por el jolgorio de los presentes. Como a la hora (los niños no aguantan más que eso) terminé el concierto y llegó mi ansiado pago: abrazos, besos, un caramelo, un chicle directo de la boca de una pipiola y hasta una hoja arrugada con un hermoso dibujo. Me retiré con sentimientos encontrados. No apareció algún responsable de la “organización”, pero los niños se fueron felices y contentos.

En otra ocasión fui invitada por una institución oficial a una entrega de premios y unos actos culturales con motivo del Día del Niño. Cuando llegué, ya los niños de las escuelas convocadas tenían rato con sus maestros y representantes. Un enorme equipo de sonido que desplegaba música llanera potenciaba sin piedad el solazo del mediodía. Me pasaron a la fila de sillas reservadas y comencé a compartir una larga espera, pues las autoridades no aparecían para iniciar el acto. Entonces me percaté de las canciones que escuchábamos. Las letras eran francamente insólitas. Hablaban de amores adúlteros, de petitorios de pasión carnal (para decirlo elegantemente) y de revanchas entre comadres, compadres y vecinos. Me levanté y pedí al DJ que bajara un poco el volumen y que cambiara la música; le expliqué que no me parecía adecuada para los niños. Accedió gentilmente y mudó el tormento para el reguetón. No sé qué era peor, si los grotescos joropos o las ordinarias letras de los reguetones que, además de herir los tímpanos, nos golpeaban sin misericordia en el diafragma. Pedí que me permitieran adelantar el recital para aplacar a un público que desfallecía de hambre y de sed. Imposible -me respondieron- hay que esperar a que llegue Fulano de Tal. Lo cierto es que una vez más comprobé que, como se trataba de un evento para niños, se podía esperar hasta el infinito.

Me he empeñado en acercar a los niños a la literatura inventando cuentos, juegos y poemas a los que he puesto música, persiguiendo una experiencia donde la palabra pueda ser leída o cantada. Cuando los primeros discos se agotaron mi representante conversó con algunas disqueras para reeditarlos y la respuesta fue: eso no es comercial. Por varios años (para mi secreto orgullo, pues estaba al lado de los grandes artistas) mis discos eran “quemados” y vendidos por los buhoneros del centro. Hace poco, una conocida editorial los reprodujo y sus tirajes se vendieron rápidamente, comprobando pues que los niños no están de último.

Vale las muestras del anecdotario para destacar que, por  fortuna, hay iniciativas que reconfortan pues otorgan el merecido puesto a la infancia, como lo es el 2do. Encuentro de la Nueva Canción para Niños, a celebrarse por el 38 aniversario de la agrupación teatral infantil “El Chichón”, este 27 de noviembre en el Aula Magna de la UCV. Invito a que lleven a los pequeños, será un hermoso espectáculo y esta vez no los harán esperar ni los sentarán en un suelo encharcado.
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